Que el amor nos encuentre mientras estamos aquí

lunes

 



Hay algo que la vida nos enseña, aunque a veces tardemos en comprenderlo: nada nos garantiza cuánto tiempo tendremos para compartir con las personas que amamos.

Vivimos haciendo planes, pensando en lo que vendrá, esperando el momento adecuado para decir algo, para visitar a alguien, para dar un abrazo o simplemente para disfrutar de una tarde sin prisas. Y, mientras tanto, la vida sucede. En una conversación cualquiera, en la comida de casa, en una canción que nos gusta, en las risas que compartimos y en esos pequeños momentos que parecen ordinarios, pero que un día descubrimos extraordinarios.

Quizá por eso me parece tan importante aprender a disfrutar la vida mientras la tenemos. No se trata de vivir sin preocupaciones ni de fingir que todo es perfecto. Se trata de no dejar que las pendientes, los miedos o las prisas nos hagan olvidar lo verdaderamente valioso.

Hay que decir «te quiero» sin esperar una ocasión especial. Abrazar un poco más. Preguntar cómo estuvo el día y escuchar de verdad la respuesta. Compartir la comida, hacer planes, tomar fotografías, contar historias y crear recuerdos. También hay que aprender a disfrutar de nuestra propia compañía, cuidar lo que somos, descubrir cosas nuevas y agradecer la oportunidad de estar aquí.

Creo que el amor no tendría que ser algo que las personas descubran solamente cuando ya no estamos. Qué bonito sería que quienes nos rodean puedan reconocerlo en vida: en nuestras palabras, en nuestros gestos, en el tiempo que les dedicamos y en la forma en que hacemos más amable su camino.

Y cuando llegue el momento de despedirnos de alguien, cuando la vida nos enfrente a esa ausencia que parece ocuparlo todo, tendremos algo muy valioso a lo que volver: el amor que compartimos.

Tal vez por eso el Día de Muertos tiene un significado tan especial. Nuestra tradición nos permite abrir un espacio para quienes ya trascendieron. Encendemos velas, colocamos flores de cempasúchil, preparamos sus platillos favoritos y ponemos fotografías para recibirlos simbólicamente en casa. Pero también hacemos algo más: recordamos quiénes fueron, contamos sus historias y reconocemos todo aquello que dejaron en nosotros.

Entonces entendemos que una persona no vive solamente en una fotografía sobre la ofrenda. También permanece en una receta que aprendimos de ella, en una canción que nos devuelve a un momento compartido, en una expresión que repetimos sin darnos cuenta o en una enseñanza que seguimos llevando por la vida.

Quizá esa sea una de las formas más bonitas de honrar a quienes amamos: permitir que su recuerdo siga teniendo un lugar en nuestra historia, no solamente desde la tristeza de su ausencia, sino también desde la alegría de haber coincidido con ellos.

No podemos detener el tiempo ni elegir cuánto durará nuestra historia. Pero sí podemos decidir qué hacemos con los días que tenemos y cuánto amor dejamos en ellos.

Que no nos falten motivos para celebrar la vida, personas a quienes abrazar, palabras bonitas que compartir y recuerdos que algún día nos hagan sonreír.

Y que, cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, podamos reconocer que amamos, que lo dijimos, que lo demostramos y que no dejamos para después tantas cosas que merecían suceder hoy.

Porque la vida es un regalo que merece disfrutarse, y el amor es una huella que merece dejarse.



Volver a comenzar

domingo

 


¡Hola comunidad!

Hace mucho que no me sentaba a escribir por aquí. Ya sé que es como la tercera vez que digo eso, pero ahora sí es verdad, quiero volver. 

Durante un tiempo, este pequeño rincón fue mi manera de compartir lo que pasaba por mi cabeza, las canciones que me acompañaban, los libros que me dejaban pensando y esas pequeñas cosas de la vida que, por alguna razón, sentía ganas de contarle a alguien.

Después, la vida siguió su curso. Me mudé dos veces, tuve una cirugía de emergencia, cambié de trabajo, amistades (unas se fueron y otras llegaron), en fin. Cambiaron las circunstancias, llegaron nuevas experiencias, algunas cosas dejaron de ser importantes y otras comenzaron a serlo mucho más. Hubo momentos que me hicieron sonreír y otros que tuve que aprender a atravesar.

Y, sin darme cuenta, pasaron los días, los meses y los años...algunos años.

A veces dejamos de hacer cosas que nos gustan porque estamos ocupados intentando resolver la vida. Otras veces, simplemente dejamos de reconocernos en la persona que éramos cuando las hacíamos.

Pero aquí estoy.

No regreso porque tenga todas las respuestas, porque mi vida esté resuelta o porque haya descubierto una fórmula mágica para empezar de nuevo. Regreso porque hay cosas que todavía quiero compartir y porque, después de tanto tiempo, me dieron ganas de volver a sentarme frente a esta ventana imaginaria y conversar con quien esté del otro lado.

Quizá volver a comenzar no signifique empezar desde cero. Tal vez significa regresar a algo que alguna vez nos hizo felices, pero hacerlo con los ojos de quien somos hoy.

Ya no somos los mismos. Hemos perdido cosas, aprendido otras y cambiado de opinión más veces de las que nos gustaría admitir. Y está bien. También de eso se trata vivir.

No sé exactamente en qué se convertirá este espacio. Por ahora, me basta con volver a abrirlo, escribir estas primeras líneas y recordar lo bien que se siente hacer algo simplemente porque nace de uno.

Si alguna vez estuviste por aquí, qué gusto coincidir de nuevo. Y si acabas de llegar, bienvenido.

A veces, una nueva etapa comienza con algo tan sencillo como volver a hacer aquello que habíamos dejado pendiente.

Hoy, yo elegí volver a escribir.

A ti, ¿qué te gustaría volver a comenzar?


Esta foto representa los comienzos... esas dos pequeñas flores que están por abrir y que nos muestran que las nuevas oportunidades siempre forman parte de la vida y de la naturaleza. 
Deseo que en lo que estés haciendo o pasando, siempre pienses que puedes volver a comenzar. 

Historias de cuarentena




Hace unos meses me encontraba en en casa, el "confinamiento" por Covid-19 había comenzado y aún no sé si en un acto de rebeldía o necesidad, me puse unos jeans, una playera roja, tomé mi mochila y salí a la ciudad de México.

Las estaciones o terminales, esas de las que ya les he comentado en una entrada anterior, lucían distintas; atrás habían quedad las sonrisas y los gestos de tristeza, poco se podía ver de las emociones reflejadas en los pliegues de la piel de las caras de las personas, el "cubrebocas" no permitía ver mucho.

Ahí estaba, en una estación semi desierta, las personas trataban de evitar el contacto con extraños y tratando de guardar detalles en la memoria atravesé el corredor hasta salir. Afuera ya me esperaba el Uber que había solicitado previamente.

Me subí y comenzó el viaje a casa de Toño, un amigo que me ayudaría a reparar mi computadora (razón por la que fui a la ciudad) y a quién hacía un par de años que no veía. 

Soy de esas personas a las que les encanta ver la a través de la ventana mientras está en movimiento, esa sensación de libertad me gusta y de poder disfrutar de los diversos paisajes de México me encanta. En eso estaba, gozando de la vista cuando me percaté de que también la ciudad estaba distinta, menos autos, menos tráfico y pocas personas en la calle, justo en ese momento Don Alejandro comenzó a platicar conmigo.

El hombre tendría unos 55 años, usaba una chamarra color marrón y una gorra. Comenzó a preguntar.

- ¿Viene de visita o vive aquí joven? 
--Vengo a visitar a un buen amigo
- Qué bien joven, solo cuídese mucho, con el asunto del virus es bueno tener precauciones siempre. ¿Gusta un poco de gel antibacterial?
--Sí, gracias. 

Tomé el recipiente del gel y vertí un poco en mis manos.

-- Gracias
-De nada joven.

La plática continuó en relación al virus, cómo la ciudad se había ido "apagando" poco a poco y como él y su familia habían reaccionado, ahí fue cuando dijo algo que me llamó la atención.

-Yo por ejemplo, trabajaba doce horas al día, pero ahora solo trabajo seis.
-- ¿Por qué?
-- Hay que pensar en los demás. Hay menos gente en la calle, por lo tanto realizo menos viajes... entonces los debemos ser conscientes de que todos necesitamos llevar dinero a casa, así que en seis horas echándole muchas ganas saco lo más que puedo y me voy a casa pensando que alguien más tendrá las otras seis horas que yo no trabajo y así podrá reunir dinero para su casa también. Quién sabe cuando vaya a parar esto, así que es mejor compartir.

El nivel de empatía de Don Alejandro me sorprendió. Saber que él dejaba de trabajar para que otra persona pudiera hacerlo fue una muestra clara de que ahí afuera, habemos más personas preocupadas por los demás. 

He de confesar que mientras lo escuchaba la piel se me fue poniendo chinita y el corazón se me ensanchaba de alegría. Ojalá hubiera más personas así. 

Lo felicité por pensar y actuar de esa manera. Encendió la radio y terminamos el viaje. Llegamos a casa de Toño y nos despedimos de Don Alejandro.

A raíz de la pandemia y el confinamiento, historias como la que les he compartido, historias de cuarentena, han ido surgiendo en varias partes del mundo. La brecha de desigualdad de oportunidades se hizo muy notoria y la empatía de las personas (en muchos de los casos) se ha volcado hacia los más vulnerables. Ojalá que lo que hoy estamos aprendiendo no se nos olvide.

Abrazos.